ZAFRA, EXTREMADURA

Zafra es una de las ciudades de mayor renombre de Extremadura: su situación al sur de la región, al borde de la vieja calzada romana de la Plata (N-630), entre Andalucía, Castilla, La Mancha y el Alentejo, ha convertido a la ciudad en un inevitable punto de referencia para el viajero como lugar de descanso y alojamiento. La monumentalidad de su casco histórico aunque es afamada, no deja de sorprender, a cuantos se detienen a contemplarla, por la calidad y la belleza de sus muestras artísticas. Además, la condición de la ciudad como centro ferial desde el medievo ha permitido que se conozca internacionalmente y sea receptora, en unas fechas determinadas, de un tipo de viajero que busca otro tipo de objetivos, si bien más pragmáticos no menos interesantes.

Tras varios titubeos iniciales, los nuevos señores de Zafra decidieron convertirla en el centro de todos sus dominios, que acrecentaron en los últimos años del siglo XIV y durante la centuria siguiente.
La villa fue adoptando una nueva fisonomía acorde al uso que iba a ser destinada: los cambios urbanos comenzaron con la construcción de una muralla, que a modo de cinturón englobó el viejo caserío y amplios espacios vacíos, que se pensaban ocupar con el tiempo. Las obras de la cerca, que nacía con la doble misión defensiva y fiscalizadora, se alargaron desde 1.426 a 1.449. Testimonios de la misma son la callejita del Clavel y las puertas de Jerez y Badajoz (Arco del Cubo).

Cuando en 1.460, los Suárez de Figueroa alcanzaron el título de Condes de Feria ya habían dado a la villa un cierto aire monumental, pues se habían ocupado de levantar grandes edificios destinados a su residencia (Alcázar) y a panteón del linaje (Monasterio de clarisas de Santa María del Valle). Aunque la actividad edificatoria no se paralizó nunca, adquirió un nuevo sentido en los primeros años del siglo XVII. En este nuevo enfoque urbano será determinante el ascenso del linaje en 1.567 a la titularidad ducal y a la grandeza de España, que devenía de la contribución del quinto conde, Gomes III Suárez de Figueroa y Córdoba, a la política de estado desarrollada por Felipe II.

Durante esos primeros años del 1600. La villa verá, entre otros cambios, la reconversión del viejo Alcázar condal en un palacio acorde con los nuevos gustos de la corte de los Austrias, o la terminación de una nueva iglesia mayor que se eleva a Colegial Insigne.

En esos márgenes cronológicos, y bajo el auspicio de la Casa de Feria, se fueron insertando en la trama de la villa establecimientos asistenciales (Hospitales de Santiago, San Miguel y San Ildefonso) y conventos femeninos (clarisas de Santa Marina, terciarias de La Cruz, dominicas de Santa Catalina y Regina Coeli). Extramuros se levantaron los monasterios dominicos de Santo Domingo del Campo y de El Rosario, y de franciscanos de San Benito y de San Onofre de La Lapa.

Sin duda Zafra, es una ciudad con historia que enamora a cualquier visitante.

Cuando las tropas de Fernando III, en el año 1.241, en su avance hacia Sevilla, tomaron el caserío que se extendía en el valle vigilado por el castillo roquero de El Castellar no supuso el final de una época y el inicio de otra, sólo el asentamiento de un nuevo grupo, el cristiano, que llevaba varios siglos al margen de la convivencia que aquí se desarrollaba. No quiere esto decir que los orígenes de nuestra ciudad provengan del tiempo que los musulmanes, inflamados de ardor guerrero, extendieron su civilización por nuestro solar, pues prospecciones arqueológicas en los alrededores nos han desvelado asentamientos de la época del bronce y restos romanos que hablan de la existencia de una Segeda.

En cualquier caso, habrá que esperar a que la dinastía de los Trastámara se haga con las riendas de la Monarquía para que Zafra adquiera un papel cada vez más preponderante en el Sur de Extremadura. El año de 1.394 pasa por ser un hito histórico para la ciudad, fue donada por Enrique III (junto con las aldeas de Feria y La Parra y bajo la denominación de Señorío de Feria) a Gomes I Suárez de Figueroa, entonces un adolescente, camarero de la reina de Castilla e hijo de Lorenzo Suárez de Figueroa, Gran Maestre de la Orden de Santiago.

Inherente a la personalidad de Zafra es la actividad comercial, a la que coadyuvaron las comunidades judía y morisca, asentadas desde tiempos remotos en la villa y amparadas por los primeros Feria. La tutela señorial a la cultura judía propició que, en 1419, se vertiese por primera vez al castellano la Guía de Perplejos de Maimónides, la más antigua de cuantas traducciones se hicieran a lenguas vulgares del "altísimo libro del More". La actividad mercantil encontraba su marco en la Plaza Chica y los soportales que rodeaban a la iglesia medieval, cuya demolición en la segunda mitad del siglo XVI dio paso a la actual Plaza Grande. Fundamentales para el desarrollo del comercio local fueron las ferias y mercados que se celebraron por San Juan, desde 1395, y por San Miguel, desde 1453. Dichas ferias sirvieron en el tiempo como elementos dinamizadores de la incipiente burguesía comercial que aquí se desarrollaba, y que tuvieron su continuación en el numeroso grupo de comerciantes, procedentes de Cameros (La Rioja), que se asentaron en la villa a partir del siglo XVI. El mantenimiento continuado de la actividad mercantil se vio recompensado en tiempos contemporáneos con la concesión Real a Zafra del título de ciudad en 1882, de la Feria Regional del Campo Extremeño en 1966 y de la Feria Internacional Ganadera en 1992.

MONUMENTOS

Casa del Ajimez "Centro de Interpretación las Voces de la Ciudad"

Entre todos los edificios que conforman la calle Boticas, destaca por su singularidad la llamada Casa del Ajimez, hoy Centro de Acogida al Turista.

Desde finales del siglo XV albergaba de las boticas de la villa, en cuyo interior existía una o varias armaduras repletas de botes y cajas, conteniendo los más diversos productos de la farmacopea del momento, dispuestos para ser mezclados por medio del almirez, el alambique o la redoma, dando como resultado drogas y compuestos con que aliviar al enfermo.
El primer boticario del que tenemos noticia es Juan Vázquez Durán, allá por 1566, al que sucedería Francisco Durán a los pocos años y que sería el último propietario que a su vez ejerciera la profesión. En efecto, los siguientes poseedores del inmueble ninguno es boticario, por lo que es alquilada a aquellos que estén interesados en desarrollar su profesión a cambio de una cantidad anual en concepto de arrendamiento. Este fue el caso de Andrés González Pacheco, boticario procedente de Guadalcanal, que la arrienda en 1643.

En la escritura que se redacta como consecuencia de tal acuerdo, encontramos por primera vez la denominación de la mencionada botica como Botica del Mármol; título que respondía a la presencia en el interior de la misma de un tablero funerario de mármol -actualmente en el patio- de procedencia romana.

A lo largo del siglo XVII y parte del XVIII sigue desempeñando su función como expendedora de preparados medicinales. Sin embargo, a lo largo del dieciocho se constata un paulatino abandono como servicio sanitario, decantándose cada vez más como despacho de aguardiente; actividad que se convertirá en la principal cuando en 1827 Diego Infante, que la había comprado unos años antes, suscriba un contrato para la venta en exclusiva de licores y aguardientes.

La nueva dedicación como lugar donde vender destilados del vino, se incrementa a lo largo de los años siguientes hasta convertirse en una pequeña bodega doméstica. En el centro y apoyada en los huecos se puede observar los lugares en los que se insertaba una prensa. El mosto se deslizaba por el suelo inclinado hacia el lebrillo del final. De ahí se pasaba a las tinajas que rodeaban la habitación para fermentar en el gustoso vino de pitarra.

No sabemos con certeza cuando cesó en su actividad expendedora de vinos y derivados, pero ya en el siglo XX la encontramos sirviendo de vivienda particular. Las últimas décadas de siglo constatan un deterioro importante en la estructura del edificio que cada vez se resiente más, consecuencia de lo cual fue el hundimiento de toda su estructura poco antes de ser adquirido por el Plan de Dinamización Turística, quedando únicamente en pie su fachada.

COLEGIATA DE LA CANDELARIA

Levantada para sustituir la vieja iglesia que se hallaba en la actual Plaza Grande, sufrió numerosos altibajos en su proceso constructivo que no mermaron, sin embargo, su unidad espacial y estética. Se iniciaron las obras en 1527, a iniciativa del tercer conde de Feria, y se abre al culto, aunque sin terminar, en 1546. La construcción prosiguió hasta su culminación allá por la última década del siglo XVI. Fueron Maestros Mayores de la fábrica Juan García de las Lieves y su yerno Andrés de Maeda. La planta, alzados y volúmenes de la iglesia derivan de los ensayados a caballo del cambio de siglo XV al XVI: una sola nave, con capillas entre los contrafuertes y coro alto a los pies, crucero con cortas alas y ábside ochavado.

En 1609, la iglesia era erigida en Colegial Insigne debido al celo religioso del tercer Duque de Feria. Por entonces se construyó una nueva sacristía y la sala del capítulo.

Entre las obras artísticas que guarda cabe destacar el retablo de la Virgen de los Remedios, cuyo ensamblaje clasicista enmarca nueve lienzos de Francisco de Zurbarán; pintados en 1644 para el mercader zafrense Alonso de Salas Parra. Interesantes son el órgano dieciochesco, los retablos de la Virgen del Carmen, obra de Blas de Escobar, y los funerarios de los mercaderes Juan Ramírez el Viejo. No debe dejar de verse la capilla barroca de la Virgen de la Valvanera, sufragada por comerciantes cameranos asentados en la villa. Ahora bien, la obra más espectacular, la que cierra el ciclo decorativo de la iglesia es el retablo mayor, realizado entre 1656 y 1683 por Blas de Escobar, José de Arce y otros artistas sevillanos del Barroco. Espléndida es la colección de objetos litúrgicos conservada en la antigua sacristía, destacando el Cáliz Rico y la custodia procesional.

TORRE DE SAN FRANCISCO

De los siglos XVI y XVII, único vestigio del convento de San Benito.

PILAR DE SAN BENITO

Obra gótica de mediados del siglo XV.

ANTIGUA ENFERMERÍA DEL CONVENTO DE SAN BENITO

Sede del Centro de Interpretación Vía de la Plata.

PALACE DEL NEOCLÁSICO DEL CONDE DE LA CORTE

Construído por el famoso ganadero y hoy convertido en hotel de lujo.

AYUNTAMIENTO

En la plazuela del Pilar Redondo se halla la antigua casa-palacio de García de Toledo y Figueroa, hermano del tercer Conde de Feria y ayo del malogrado príncipe Carlos, hijo de Felipe II. Construida en el primer cuarto del siglo XVI, aún mantiene sus muros maestros, su portada y un magnífico y amplio patio con columnas de mármol. En 1600 fue ocupada por las monjas franciscanas terciarias de la Cruz de Cristo, que la convirtieron en su convento. Desde la Desamortización, el edificio es sede del Ayuntamiento de la ciudad.

HOSPITAL DE SAN MIGUEL

Refundado en 1480 por Constanza Osorio, segunda condesa de Feria. A pesar de su lamentable estado de ruina todavía permite ver su capilla y enfermería mudéjares. En el retablo de dicha capilla estuvo hasta fechas recientes la famosa tabla del San Miguel Arcángel, obra del Maestro de Zafra, que se exhibe como una joya de la pintura hispano flamenca en el Museo del Prado.

LA VIEJA SINAGOGA

Es probable que se conserve más íntegra de los que parece. Su sala de amplias proporciones se articula con arcos de una sencilla labor de lazo a la altura de los capiteles. La portada gótica, con semicolumnas torsas, ha perdido la simbología hebraica que debió ostentar en las enjutas. Todo parece obra de la segunda mitad del siglo XV, poco anterior a la expulsión.

LA JUDERÍA ZAFRENSE

Los judíos estuvieron asentados por las calles de San José, Sor Ángela de la Cruz, Badajoz, Pozo y Alfonso XII. Son calles que conservan aún ese tan evocador aire de aljama y son aledañas a la que fuera sinagoga de la villa, actual capilla de San José o de Santa Catalina la Vieja. No debe dejarse de visitar la diminuta capilla del Cristo del Pozo, cuyas raíces la tradición popular entronca con la simulación de los conversos.

MONASTERIO DOMINICO DE LA ENCARNACIÓN Y MINA

Se construyó en el siglo XVI, conocido por los lugareños como Convento del Rosario. Fue fundado hacia 1511 por María Manuel de Figueroa, hija del segundo conde de Feria y condesa de Medellín. De interés es la iglesia de tres naves (cubiertas con bóvedas que pueden emparentarse con soluciones aplicadas en algunas iglesias vascongadas) y la devota imagen del Cristo del Rosario, obra de finales del siglo XVI.

LA PUERTA DE BADAJOZ Y EL CONVENTO DEL ROSARIO

La Puerta de Badajoz, que se abre dentro del baluarte del Cubo; en tiempos modernos se cegó y dispuso un nuevo arco más capaz en el lienzo de muralla, por lo que se le viene denominando Arco del Cubo. Sobre la vieja puerta se mantiene una hornacina con un relieve que representa a Santiago Matamoros, que alude a la orden de Caballería a la que estuvo muy unida el linaje de los Feria. Hoy se ha vuelto a abrir y se ha colocado una puerta.
En Navidad se decora el interior y se expone un precioso Belén.

PUERTA DE JEREZ

La Puerta de Jerez permitía el acceso intramuros a los caminantes que provenían del Oeste, y un trozo de la calle de ronda conocido como Callejita del Clavel. El paso se practica bajo arcos apuntados y en la fachada extramuros se ostentan blasones heráldicos e imágenes de los santos patronos del gremio de zapateros. En la planta alta puede visitarse la capilla barroca de la imagen procesional del Cristo de la Humildad y Paciencia.

PLAZA GRANDE

La Plaza Grande era primitivamente el solar y el atrio y cementerio de la antigua parroquia de la Candelaria. A mediados del siglo XV, el desarrollo mercantil de su entorno propició la construcción de soportales en los bordes del camposanto, para favorecer las transacciones comerciales. Cuando se derriba y traslada la iglesia a su actual ubicación, surge como nuevo espacio abierto intramuros. Entre las casas que lo bordean destacan la que fuese casa natal del humanista Pedro de Valencia.

PLAZA CHICA

La más antigua es la Plaza Chica, que fue el centro de la villa medieval, la plaza del concejo y del mercado. Su uso mercantil propició que fuese porticada tempranamente, excepto por uno de sus lados menores donde estaba la audiencia. Era el lugar donde se celebraban los mercados semanales autorizados desde 1380, por lo que allí estaba el cuarto del almotacén, y además para comprobar las medidas de los géneros se grabó, a lo largo del fuste de una de las columnas, la llamada vara de Zafra: De planta rectangular, se rodea de blancas fachadas con soportales bajo ladrillo enmarcados por alfices, excepto en el viejo edificio concejil ( hoy Escuela Municipal de Música ). De gran interés es una vivienda cuya fachada muestra su decoración primitiva gótico-mudéjar de arcos entrelazados. Esta plaza se comunica con la otra a través del Arquillo del Pan, en el que puede verse la diminuta capilla barroca de la Esperancita.

HOSPITAL DE SANTIAGO

Al fondo de una calle sin salida hallamos la portada del hospital que muestra una pródiga decoración en que se confunden elementos y formas mudéjares con otras procedentes del lenguaje gótico final. En la hornacina puede verse una pintura que representa la Salutación del Arcángel Gabriel, advocación original del establecimiento.                                                                                                                                        

Fundado en 1438 por Lorenzo II Suárez y María Manuel en la que fue primera residencia señorial en Zafra. En él tuvo su sede la cofradía de la Santa Caridad. El edificio que hoy se conserva, realizado en época del segundo conde de Feria, se articula en torno a un patio cuadrado de gusto mudéjar, cuya ala septentrional lo ocupa la capilla.

CONVENTO DE SANTA CATALINA

Enfrente se levantan los muros claustrales del convento de dominicas de Santa Catalina de Siena, fundado en 1.500 por la religiosa Inés de Santa Paula. El edificio conventual apenas sufrió cambios durante el siglo XVII y XVIII, y aún mantiene el espíritu de mudejarismo y modestia que se le imprimió cuando fuera levantado a comienzos del siglo XVI. Lo más significativo del convento son las armaduras de madera de su iglesia: una, ochavada, quizá el mejor ejemplar de este tipo en la región, obra de comienzos del Quinientos; y otra, más sencilla con una techumbre de par y nudillo llana, con de lacería en los tirantes.

LA CASA GRANDE

Enfrente del convento se halla la que fuera residencia de un acaudalado mercader zafrense llamado Hernán López Ramírez, edificada hacia 1.601. La marmórea portada principal, que se abre a la calle Sevilla, nuestra una composición clasicista, lo mismo que el patio central y la escalera principal inspirados en la tratadística italiana. La casa fue residencia y cuartel general de don Juan José de Austria durante la Guerra de Secesión Portuguesa. En el siglo XVIII fue habitada por la familia de los Daza Maldonado.

CONVENTO DE SANTA CLARA

A corta distancia del palacio ducal se encuentra el Monasterio de Santa María del Valle, conocido popularmente como Convento de Santa Clara. Fundado en 1.428 por el primer Señor de Feria y su esposa Elvira Laso de Mendoza, su clausura vendría a satisfacer la vocación monástica de dos de sus hijas y su iglesia a servir de panteón del linaje.                                                                                                                      

La capilla mayor de la iglesia, que fue concluida en 1.454, guarda las esculturas funerarias de García Laso de la Vega y de su hermano el primer conde de Feria y su esposa, obras relacionadas con Egas Cueman. En el retablo mayor, contratado en 1.670 con el ensamblador Alonso Rodríguez Lucas, se venera la imagen alabastrina de la titular del monasterio, obra de la primera mitad del siglo XV. En el lado de la epístola se halla la capilla funeraria del segundo duque de Feria, dedicada a San Raimundo de Peñafort y construida hacia 1.616. Aledaña a la misma, pero abierta a la nave, está la diminuta capilla de las Reliquias, en la que se guarda una espléndida colección de relicarios por el segundo duque y su madre en 1.603.                            

La clausura, que no puede visitarse, se articula en torno a un claustro del siglo XV, en cuyos muros se conservan algunas pinturas góticas. Fueron importantes las reformas realizadas en los siglos XVI y XVII, fruto de las cuales son el refectorio, el arco y su sillería, el patio de la Portería o la nueva enfermería y sus patios clasicistas. Las monjas conservan numerosos objetos de culto, muchos de ellos procedentes de sucesivas donaciones de la Casa ducal, entre los que se encuentran el conjunto de vestiduras litúrgicas de difuntos, conocido como terno de las Águilas, y la cruz procesional y los ciriales de plata y ébano.

PALACIO DUQUES DE FERIA

En 1.437, Lorenzo II Suárez de Figueroa, dos años después de su matrimonio con María Manuel, descendiente de la realeza castellana, inició la construcción de un Alcázar en Zafra. Las obras, concluidas en 1.443, dieron como fruto un edificio en el que se buscaba más que la fábrica de un baluarte, la consecución de una residencia señorial. Su regularidad y precisión edificatoria concuerda con las construcciones palaciales góticas del siglo XV, si bien en cuanto a la decoración responde al gusto mudéjar. Muy interesantes son las pinturas de la cámara de los esposos, situadas en la torre del Homenaje, así como los techos holladeros del salón principal de la planta baja. En época del segundo conde de Feria se completó el edificio con las techumbres dispuestas en la sala Dorada y en la capilla.

En torno a 1.600, en tiempos ya del segundo duque de Feria Lorenzo IV Suárez de Figueroa y Córdoba, el viejo Alcázar medieval, obsoleto y limitado, fue sometido a una profunda remodelación. Las reformas, encomendadas al Maestro Mayor de las obras ducales, Francisco de Montiel, consistieron en la construcción de un patio de mármol de líneas clasicistas, de dos nuevas alas con azoteas adosadas a ambos lados de la puerta principal y de otras tantas galerías abiertas a un nuevo jardín, que vendrían a complementar a la vieja Huerta Honda como escenario de fiestas y juegos a imitación de la corte. El jardín y la huerta se abastecían del agua proveniente del gótico Pilar del Duque.

Enseguida, entre los años 1.605 y 1.609, se construyó un pasadizo para unir el palacio a la vecina iglesia conventual de Santa Marina, que fue reedificada al tiempo, con la intención de que formase cuerpo con la resistencia nobiliaria. La iglesia y el pasadizo fueron ejecutados por maestros alarifes madrileños y por canteros extremeños, que siguieron las directrices estéticas de Juana Dormer, primera duquesa de Feria. Completaba el conjunto un patio de armas (hoy convertido en plaza pública), al que se accedía por la puerta del Acebuche, acceso principal del palacio en la época. En la iglesia, convertida en Centro Cultural, se conserva la escultura orante de Margarita Harrington, cuyo legado testamentario sirvió para financiar parte de las obras.

MUSEO SANTA CLARA

El Museo Santa Clara abre sus puertas para que los visitantes puedan acceder a la clausura del monasterio de Santa María del Valle, conocido en Zafra como convento de Santa Clara, y recorrer en silencio espacios significativos que forman parte del transcurrir cotidiano de las hermanas franciscanas clarisas.                         El Museo ocupa una parte sustancial de la clausura monástica: la iglesia y sacristía conventuales, la enfermería nueva y una serie de espacios de tránsito que permiten dar a conocer la grada, una celda y el claustro: espacios todos, construidos entre los siglos XV y XVII, sin los que el visitante difícilmente podría hacerse una idea de lo que es un convento desde el punto de vista material.                                               Pero, el Museo Santa Clara es, también, un paseo por la historia de Zafra, a través del patrimonio histórico artístico del convento y su relación con la Casa de Feria. Desde su fundación, la iglesia y coro conventuales se concibieron como panteón del linaje; por lo que hasta el siglo XIX, el convento fue objeto de un intenso patronazgo por los Suárez de Figueroa. La huella de este mecenazgo queda reflejada en los muros de su clausura y en la colección de piezas artísticas que aún alberga.                                                                           La situación geográfica de Zafra, unida a la abundancia de sus recursos agrícolas y ganaderos, fueron determinantes para que los Feria apostaran por ella como lugar de residencia. Durante los siglos XV al XVII, la villa se convertiría en el fiel reflejo de su grandeza y progresivo encumbramiento social: el palacio ducal, la colegiata Insigne o este monasterio son claros ejemplos del patrocinio desarrollado por esta familia nobiliaria.

ESPACIOS VISITABLES

LA SACRISTÍA

Es el primer espacio al que se accede para visitar el Museo. Junto a su función eclesial, sigue sirviendo como lugar donde se revisten los sacerdotes y se guardan los ornamentos del culto, se le ha añadido la de recepción de visitantes.                                                              Consta de dos piezas disimétricas, derivadas de su historia constructiva. En el siglo XV, la parte más pequeña -donde está el acceso y la recepción- formaba parte del pórtico gótico mudéjar de la iglesia, del que subsiste el arco inicial sobre pilares achaflanados, que pueden verse enmarcando la puerta del Museo.     Dentro del programa de reformas, que se acometen en el monasterio en el último tercio del siglo XVI, y a continuación del soportal medieval de la iglesia, se construye la nueva sacristía. Entonces, constaba solo del espacio de planta cuadrada cubierto con una media naranja sobre trompas aveneradas. Es una lástima que el enjalbegado apenas deje ver las cenefas de grutescos y los blasones esgrafiados con los que estuvieron decoradas las paredes. Para comunicarla con el presbiterio se dispuso una puerta de madera, cuyos cuarterones van decorados con cartelas exhibiendo custodias alusivas a santa Clara y blasones de la Casa de Feria.                                                                            En 1657, el que fuera primer tramo del pórtico medieval, que se había conservado como desahogo de la sacristía, se acomodó como tal cubriéndose con una bóveda de arista moldurada y abriéndose el arco de comunicación entre ambas estancias.                          Para su adaptación museográfica ha sido necesario abrir una puerta con su reja que comunica con unos antiguos pasillos, que conducen al visitante hacia las salas de la antigua enfermería monástica.

LA ENFERMERÍA CONVENTUAL

La construcción del monasterio y las reformas del mismo son fruto del patronazgo de los Duques de Feria, cuyas armas heráldicas se repiten con insistencia en el edificio. Pero, existe una ampliación, la enfermería nueva, que se construye en la última década del siglo XVI con la herencia recibida por dos monjas, profesas en el monasterio, de su hermano Gómez de Alvarado, un capitán indiano muerto abintestato.                        Posiblemente sea la obra más significativa realizada en la clausura durante el último tercio del siglo XVI, tanto desde el punto de vista artístico como del volumen edificado. Se trata un pabellón perpendicularmente dispuesto al muro sur del convento, por lo que deja a sus costados dos patios con sus galerías para las enfermas, uno a oriente y otro a occidente.                     La enfermería posee dos plantas, con idéntica distribución de espacios, ya que no fue concebido para ser utilizada en su totalidad al mismo tiempo, sino según las estaciones del año: la baja cuando arrecia el calor y la alta, más soleada, en los meses fríos. Cada planta consta en esencia de una gran sala rectangular, dividida longitudinalmente en dos naves por una arquería de ladrillo sobre columnas de mármol blanco, que soporta el techo holladero de madera. Se complementaba con una celda, de la misma anchura que las galerías occidentales con las que forma cuerpo, que se destinaba a alojamiento de la monja encargada de atender a las enfermas. Y, en el extremo contrario de la galería oriental, las cocinas, necesarias para preparar los alimentos que consumían tanto las religiosas enfermas como sus acompañantes y cuidadoras, ya que a todas ellas la regla y los estatutos liberaban de acudir al refectorio.                                                                          Un elemento singular de la construcción es la balaustrada de madera de la escalera, pues en sus pilarotes de arranque lleva tallados delfines y volutas, cuya talla hemos de relacionar con toda la obra de madera que se realiza en el convento durante el último tercio del siglo XVI.                                                  Seguramente nos hallamos ante una fábrica trazada y levantada por el arquitecto Francisco de Montiel.

LA IGLESIA

La iglesia, orientada al mediodía, es una obra mudéjar terminada en 1454. Su traza es muy sencilla: consta tan solo de una cabecera cuadrada, a modo de qubba islámica, y una nave rectangular. Un modelo espacial muy repetido en las fundaciones clarianas y, también, en las instituciones hospitalarias de Zafra.                            La cabecera se cubre con una cúpula cuyo intradós está decorado con nervios radiales. Apoya sobre un ecuador de dieciséis lados generado por una secuencia de trompas. Al exterior se guarda en un cimborrio octogonal, rematado por enormes ménsulas que recogen las aguas del tejado. Los edículos para las ventanas son un añadido del siglo XVII.                          La capilla se abre a la nave a través de un grueso arco  apuntado sobre pilastras achaflanadas, cuyos capiteles se decoran con los blasones de Figueroa y Manuel. En los sillares pueden verse las marcas de los canteros medievales que lo elevaron.                                            La nave eclesial era algo más baja y oscura en el siglo XV, entonces se cubría con una techumbre de madera, seguramente de par y nudillo. Pero, como se hundió en 1652, fue enseguida sustituida por una bóveda de lunetos, con series de ventanas a cada lado.                  Al fondo de la nave, se encuentra la ventana con doble reja que comunica el coro de las monjas con la iglesia y permitía a éstas, desde la sillería, contemplar el altar mayor. A la derecha, una escalera conduce a la cratícula o comulgatorio. La puerta con blasones de los Feria es obra del siglo XVI. El coro es un espacio de dimensiones superficiales similares a los de la nave de la iglesia; sin embargo, el nivel de la solería es unos dos metros más elevado que aquella. Diferencia que venía obligada por el acomodo de dos bóvedas para enterramiento de las religiosas. Entre ellas, por disposición testamentaria, fueron inhumados los primeros Señores de Feria.

LA CAPILLA DUCAL Y EL RELICARIO

Dos capillas se abren a la iglesia en el lado de la epístola. La capilla funeraria del segundo duque de Feria y el relicario. La primera, dedicada a san Raimundo de Peñafort, comunica con la cabecera a través de un gran arco de cantería, que se cierra con una reja de hierro coronada con las armas ducales. Es una pieza pequeña, que consta de dos espacios, antaño separados por rejas: la capilla propiamente dicha, de planta cuadrada y cubierto con una cúpula sobre pechinas, y el coro de las monjas, bajo arcos rebajados. Trazada por el maestro mayor de la obras ducales, Francisco de Montiel, fue construida por su hijo Bartolomé González Montiel, que le sucedió en el cargo, entre 1615 y 1616.                          El relicario es una pequeñísima estancia rectangular, construida aprovechando el grosor del muro para quitar el mínimo espacio a la galería oriental del claustro. Dentro las paredes y el artesón, que sirve de techo, se cubrieron con azulejos talaveranos. La marmórea portada clasicista se concibió a manera de tabernáculo, cerrado con una puerta dorada y policromada y una reja para proteger la colección ducal de reliquias.

LA PIEDAD NOBILIARIA

La sala baja de las Columnas de la enfermería nueva, alberga el segundo capítulo, La piedad nobiliaria, en el que se da a conocer la historia del monasterio, su fundación y su vinculación con sus patronos, la Casa de Feria, así como su preocupación por el culto litúrgico, el panteón señorial y el coleccionismo de reliquias. Los Suárez de Figueroa, tras convertirse en Señores de Feria en 1394, crean un estado nobiliario que al iniciarse el siglo XV tiene a Zafra como centro; por lo que la villa, desde entonces, será reflejo de su autoridad y largueza. Su religiosidad los llevará a fundar este monasterio en cuya iglesia encontrarán descanso tras su muerte. Ya siendo Duques, y en defensa de la fe católica, será significativo el patronazgo al convento de Santa Clara, a la Colegiata y a los demás conventos de la villa. En todos desplegarán un intenso mecenazgo artístico con el que buscaba adoctrinar en las verdades de la fe, mostrar su poder y magnificencia y alcanzar una recompensa en el más allá. 

CIMIENTOS

Este primer ámbito quiere recordar la fundación del convento en 1430. La fundación del convento había sido aprobada dos años atrás por bula papal y recibida con alegría por Gomes I Suárez, el primer Señor de Feria, que podía así satisfacer la vocación religiosa de dos de sus hijas y crear un panteón señorial en el mismo. Mucho antes de que medie el siglo, el convento ya estará poblado con clarisas urbanistas, procedentes del convento de Tordesillas (Valladolid). El que el monasterio se dedicase a la advocación de la Virgen del Valle nos recuerda el origen del linaje y su fervor a la patrona de Écija (Sevilla), como se manifiesta en la imagen alabastrina que la primera Señora de Feria dona al convento, aunque la leyenda la haga aparecer al abrir sus cimientos. El ascenso de los Suárez de Figueroa a condes (1461) y, después, a duques de Feria (1567) marcó la historia monástica.

ORNATO Y LITURGIA

La liturgia y la devoción a la Eucaristía son fundamentales en la vida monástica. Los Duques de Feria, guardianes de la ortodoxia católica, creían en el valor especial de la misa y en la devoción a la Virgen y a los santos; por lo que se preocuparon de destinar parte de sus rentas a encargar obras de arte religioso para iglesias y conventos con la intención de que sirviesen al altar, a la exaltación del Santísimo y al adoctrinamiento de los fieles.

EN EL MOMENTO DE LA MUERTE

El forzoso tránsito, para alcanzar el descanso eterno en el regazo de Dios, es apreciado de diversas maneras a lo largo de los siglos. Y su visualización en el entierro evidencia las desigualdades sociales. Desde el lugar de enterramiento hasta lo generoso de las mandas ponen de relieve que el fallecimiento, aunque acaba con la vanidad del mundo, no borra las barreras sociales, al contrario, las reafirma. Prueba de ello es el panteón de la Casa de Feria en el convento. Los distintos monumentos funerarios ejemplifican el sentir de la muerte en cada época, a la vez que permiten perpetuarse en la memoria a través de la imagen. Los Feria siempre se inhumaron junto al altar, y la mayoría lo están en la Capilla Mayor, los primeros señores reposa en el coro y los últimos duques en la Capilla Ducal. Sus sepulturas responden al gusto y a la espiritualidad de cada momento histórico: si en el siglo XV los sepulcros muestran yacentes a los difuntos; en los siglos siguientes, una simple placa conmemorativa se acoge en una capilla de cierta ostentación.

EL OLOR DE LA SANTIDAD

Desde sus inicios, el Cristianismo se interesó por el culto y las reliquias de los santos; si bien, como consecuencia de los conflictos religiosos del Quinientos, el catolicismo verá en ellas un medio especial de relación con la santidad. La ortodoxia católica animará a la custodia y veneración de reliquias. La nobleza, a imagen de la corte, hará proliferar los Relicarios, donde en preciosos estuches y doradas estanterías se exponen la colección de reliquias a la veneración de los fieles. El uso de las reliquias, a las que tan aficionados fueron los Duques de Feria, en especial la primera duquesa, la inglesa Jane Dormer, patentiza el sentir barroco. La colección de reliquias la inició el segundo Duque en 1592, cuando con motivo de su estancia en Roma fue autorizado a sacar ciertas reliquias de santos y mártires de capillas y catacumbas. Después, las enviaba a su madre que se aprestaba a encargar a escultores y plateros madrileños los relicarios para guardarlas. En 1603, la primera remesa de reliquias ya estaba en el relicario de Santa Clara.

Sala Baja de las Columnas de la enfermería nueva. Verdadero retrato de Nuestra Señora del Valle. Óleo sobre lienzo. Francisco Armida, 1776. Incensario, custodia y naveta. Terno de las Águilas. Terciopelo negro recamado con hilos de oro, plata y sedas de colores. 1602-1603. Vitrina dedicada al relicario conventual.

EL LEGADO DE LA MAGNIFICIENCIA

Con el recorrido por la iglesia conventual se busca que el visitante comprenda cómo aquel pasado, aquella historia, que se ha mostrado en las salas precedentes, perdura y se materializa en un recinto religioso. Es, pues, El Legado de la Magnificencia una recapitulación sobre las ideas expuestas, un espacio de síntesis; si bien, su versatilidad consiente su uso igualmente como preámbulo, como espacio iniciático a la clausura conventual.

EL MARCO SACRIFICIAL

Es el ámbito donde se celebra el sacrificio incruento de la misa. Y no es otro, pues, que la propia iglesia monástica, que cuenta con las mismas partes litúrgicas que una parroquial: una capilla mayor, el lugar donde está el altar y su retablo; la nave para los fieles laicos y la sacristía para revestirse los clérigos. A los que se suman, dado que es un convento, el coro monjil, aislado por una gruesa y doble reja; y otros ámbitos como el relicario, derivado de las devociones de los patronos, o la capilla ducal, usada como panteón señorial. A mediados del siglo XVII, su aspecto interior era muy diferente del que ahora contemplamos, si bien sus espacios se mantienen invariables. Entonces la imagen nobiliaria era mucho más evidente: La capilla mayor albergaba en su comedio el cenotafio alabastrino de los primeros Condes de Feria.

LA LEVE TIERRA. EL PANTEÓN DE LOS FERIA

El primer señor de Feria Gomes I Suárez de Figueroa había fundado el monasterio, entre otras intenciones, para que en su coro, entre el murmullo de las oraciones y los acordes de los cantos de las religiosas, su cuerpo y el de su esposa Elvira Laso reposasen eternamente. Pero será su hijo Lorenzo II Suárez, el primer conde de Feria, quien convierta la iglesia en panteón del linaje. Contraviniendo el espíritu de pobreza que animaba una fundación clariana, manda levantar una cabecera monumental, con el claro propósito de que fuese el estuche que guardase los despojos mortales del linaje hasta el fin de los tiempos. El repentino fallecimiento del primer duque de Feria Gomes III Suárez de Figueroa en 1571 dejaría en manos de su viuda y de su hijo el segundo duque, como tantas otras cosas, la edificación de una nueva capilla funeraria en la que se hiciese eco la nueva dignidad ostentada, desde poco antes, por los Suárez de Figueroa.

EL ORNATO BARROCO

Desde la segunda mitad del siglo XVII, el ornato tardomedieval y renacentista irá paulatinamente dejando lugar al esplendor áureo de la retablística barroca. Sin lugar a dudas, el impacto estético del retablo principal de la Colegial Insigne aceleró la renovación del viejo ornato de la iglesia del convento. Así, en agosto de 1670, se escrituraba la obra del Retablo Mayor con Alonso Rodríguez Lucas. La hornacina principal está ocupada por la imagen de alabastro de la Virgen del Valle, obra de la primera mitad del siglo XV. A un lado, se encuentra la imagen de san Francisco y, al otro, la de santa Clara. Cuatro retablos idénticos alberga la nave: tres en el lado de la epístola y uno en el del evangelio, que son obra de José Ramos de Castro, que los ejecutó entre 1761 y 1763. A ellos hay que añadir el de la Virgen de los Dolores, a los pies de la iglesia, obra de Juan de Vargas y fabricado hacia 1676.

CUSTODIOS DE RELIQUIAS

Una portada de mármol coronada por las armas ducales, cerrada por una puerta de dos hojas doradas y estofadas con blasones de los Feria en los comedios, guarda de las miradas la colección de reliquias que reunieron los duques de Feria.

EL CORO MONJIL: EL LUGAR DE LA ALABANZA

A los pies de la iglesia, tras una ventana apaisada con marco barroco del XVII, rejas dobles de hierro y puertas talladas en 1585, se encuentra el lugar de la alabanza a Dios, el espacio donde se congrega el coro de las monjas, con su sillería y órgano, para celebrar las horas litúrgicas.Lo más destacado es la sillería coral para los oficios obra de la segunda mitad del siglo XVI.A un lado puede verse un órgano del siglo XVIII y, en medio, la escultura de Cristo amarrado a la Columna obra de Blas Molner que la talló y policromó en 1775.

HISTORIA DEL CONVENTO DE SANTA CLARA

El convento es la materialización de la vida espiritual de la comunidad clariana. La Orden de Santa Clara tuvo su origen en 1212, cuando la joven noble Clara de Favorone, deseosa de abrazar el ideal de vida propuesto por Francisco de Asís, abandonó su casa y se consagró a Dios. A su muerte en 1253, se contaban ya más de cien monasterios por toda Europa. Desde entonces su número no dejará de crecer. Uno de ellos sería el de Zafra, fundado en 1428 por Gomes I Suárez de Figueroa, primer señor de Feria, y su esposa Elvira Laso de Mendoza, hermana del marqués de Santillana, con la intención de satisfacer la vocación religiosa de sus hijas Isabel y Leonor. Así, en su comienzo, el monasterio de Santa María del Valle ejemplifica el espíritu de santa Clara, pues sus primeras abadesas, de noble abolengo como ella, abandonan su privilegiado entorno para profesar y vivir en pobreza.

EL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DEL VALLE O CONVENTO DE SANTA CLARA

Construido en sus partes esenciales entre 1430 y 1454, el monasterio acusa la modestia propia de las edificaciones franciscanas de estas tierras, en las que priman la pizarra, el ladrillo, la madera y la cal como materiales constructivos y la sobriedad ornamental; si bien, la capilla mayor de la iglesia, levantada con sillería granítica, es una excepción, una obra costosa que venía justificada por su función funeraria. En los siglos venideros, se mantendrá la austeridad primigenia, aunque se adviertan el uso algún material más costoso en algunas estancias comunes. La entrada al convento y museo está en la calle Sevilla, donde hay dos puertas: la más antigua es gótica de la segunda mitad del siglo XV. Muestra, a los lados, relieves de la Anunciación sobre los blasones de los Suárez de Figueroa y los Manuel y, sobre la clave, un yelmo con un búcaro de azucenas por cimera. La otra, clasicista y fechada en 1574, trae en su coronamiento un escudo de los Duques de Feria. Ambas se abrían al compás monástico, ocupado desde los años cincuenta del pasado siglo por un edificio comercial; que oculta el pórtico de la iglesia y genera dos accesos laterales al mismo. El pórtico construido en torno a 1628 vino a sustituir al de fundación. De líneas clasicistas, es una estructura robusta formada por gruesos pilares de sección rectangular que soportan una serie de arcos de medio punto y una bóveda de cañón. Acoge la portada de la iglesia, fabricada entre 1715 y 1718 con líneas extremadamente sencillas. De la primitiva del siglo XV conserva los escudos de los fundadores del cenobio, Laso de Mendoza y Suárez de Figueroa, y dos remates que parecen de acarreo, quizá de época romana. A la clausura se accede a través de la puerta reglar, una obra gótica de cantería sobre la que puede verse el tablero marmóreo conmemorativo de la fundación monástica en 1428, flanqueado por las armas de Figueroa y Mendoza. El conjunto se acoge bajo un soportal clasicista, fabricado en 1625 con granito y ladrillo rojo historiado. El centro del convento es el claustro, que puede verse en parte desde una de las salas del museo. Se trata de un espacio porticado de planta cuadrada, obra de alarifes mudéjares que plasmaron en el uso de la mampostería, el ladrillo aplantillado, la cal y la ausencia de ornato la austeridad de vida de las clarisas. Tiene en su redor las dependencias necesarias para la vida conventual: el lado oriental lo ocupan la iglesia y el coro de las monjas, cuyos volúmenes invaden las dos alturas del edificio. El resto de la planta baja estaba destinada a oficinas monacales: refectorio, cocina, sala capitular...; mientras que la planta superior servía para dormitorios comunes y celdas. Todos los espacios se cubren con techumbres de madera, algunas con ornamentación tallada, salvo los corredores del claustro bajo, la cocina, la iglesia y el coro que lo son de bóvedas. El monasterio, fundado para acoger a veinticinco monjas, desde las últimas décadas del siglo XVI fue viendo crecer el número de las que lo habitaban. Si entonces eran casi cuarenta religiosas, como prueba el número de sillas que se fabrican para el coro, en el siglo XVII llegó a estar ocupado de ordinario por setenta. Este incremento movió a la ampliación de los espacios de habitación, que se fueron sumando al edificio preexistente, invadiendo parte de la huerta conventual y del claustro. En esos tiempos se levantan, entre otros, la enfermería nueva en la zona meridional y, en el lado contrario, el noviciado y el patio de la portería, en el que se conserva un ajimez de madera, uno de los pocos que subsisten en España.

INTRAMUROS

Una reja, que hemos de franquear, advierte al visitante que está adentrándose en la clausura monástica, que ha traspasado sus muros y penetra en un espacio antes vedado: en un micromundo, alejado del bullicio urbano, en el que vive una comunidad de hermanas clarisas que conjugan la vida contemplativa y la oración con el trabajo.                                                                              Por ello, Intramuros busca mostrar el convento como espacio espiritual y de vida cotidiana. Así, aprovechando la sucesión de salas y la posibilidad de ver lugares vitales de un convento, como son el claustro, la grada y una celda, se narra lo que supuso el nacimiento y difusión del franciscanismo y de su rama femenina, las clarisas; los modos de profesar; la organización, las partes del convento y sus funciones; el año litúrgico: la vida diaria, las fiestas, las devociones...

EL SUEÑO DE SAN FRANCISCO

En 1182 nace Francisco. Tras una juventud despreocupada, comienza a sentir desapego por lo mundano, al tiempo que va descubriendo en la pobreza y la fraternidad el mensaje evangélico. Y soñó vivir pobre, con alegría y en hermandad, para predicar la buena nueva entre los campesinos y enfermos con los que convivía y cuidaba.                                                   Una actitud que se ha interpretado como reacción a la miseria social y al agotamiento espiritual de la Iglesia. Unos ideales que pronto encontraron eco entre ciertos jóvenes que le siguieron. En 1209, nacían los Hermanos menores, como al santo gustaba llamar a sus frailes. Enseguida, junto a Clara de Asís creaba la segunda orden, de Hermanas pobres o clarisas. Y, en 1221, para integrar a los seglares, fundaba los Hermanos de Penitencia, conocidos hoy como Tercera orden.

TRAS LAS HUELLAS DE CLARA

La vida monástica es una vida intramuros regida por unas reglas. El ideal de las clarisas se encarna en la escrita por Clara poco antes de morir en 1253 y seguida sobre todo en su congregación de San Damián. Un ideal de vida consagrado por los tres votos de obligado cumplimiento: obediencia, pobreza y castidad, a los que hay que sumar el de clausura.                                          Si la humildad y la pureza se tornan inexcusable para la vida en fraternidad, la «santa pobreza», como la llamaba Clara, era un anhelo: la comunidad carente de bienes, cubría las necesidades cotidianas con limosnas y con lo que, gracias a su trabajo, producía el huerto monástico. Y se reflejaba, además, en el abandono de todo ropaje u ostentación externa y de vida como medio penitencial. La clausura, al fijar unos límites, era otra de las dimensiones de la pobreza. Según la Santa, debía ser entendida solo como un modo de alcanzar la vida contemplativa y no un fin en sí misma. De ahí que sostuviese que lo substancial no eran los muros físicos sino la clausura interior en cada una de las religiosas.   En 1263, ya con cierta experiencia de vida en comunidad y ante el considerable aumento de vocaciones, el papa Urbano IV otorgó otra regla, que provocaría una diferenciación entre las clarisas: las que seguían la de santa Clara, desde entonces llamada «Primera Regla» y a sus seguidoras «Damianitas», y las que seguían la «Segunda» o «Urbanistas».                        El contraste entre ambas no se encuentra en que la Segunda Regla sea más prolija en los detalles y en la ordenación de la vida conventual, sino en que permitía a los conventos tener rentas y posesiones para su mantenimiento material. De ahí que fuese adoptada por todos aquellos monasterios de patronazgo nobiliario. Como a lo largo de la historia muchas mujeres han seguido los pasos marcados por las reglas, los objetos contenidos en la vitrina y colgados de la pared buscan evocar la vida comunitaria desde la clausura y la penitencia.

FORTALEZA INTERIOR

Siguiendo, a la derecha, se accede a la llamada sala de Miraflores, desde la que se puede ver el claustro, conocido por las monjas como «El Vergel».                      El claustro, cuadrado y sólido, es el centro del monasterio en torno al que se disponen la iglesia y las diferentes oficinas y espacios conventuales, es un espacio de meditación. Cargado de simbolismo se identifica con el seno materno de María. La maternidad renunciada de las monjas encuentra en María y en el fruto de su maternidad la guía para la salvación. Santa Clara se complacía en contemplar a Jesús como un pobre Niño sobre el pesebre.

REZA Y TRABAJA

Quiere mostrar la convivencia en el convento, la vida en pobreza, la oración y el trabajo.                                        El día a día intramuros se sustenta en el compromiso con la forma de vida señalada por santa Clara, en la que la fraternidad y la corresponsabilidad obligan a las hermanas. Comienza la regla señalando que la forma de vida de Orden de las Hermanas pobres es «guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad».                      Para la santa, el trabajo de las hermanas «conviene al decoro y a la utilidad común», y es una manera de desechar «la ociosidad, enemiga del alma», pero en ningún caso puede mitigar «el espíritu de la santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben servir». La oración, el silencio, el trabajo y el estudio marcan la jornada conventual.                              El ideal de pobreza de la Orden se refleja tanto en aspectos de su vida ordinaria como en el ayuno 

en la indumentaria o en los objetos de uso común.

Santa Clara velada. Reza y trabaja. Al fondo la escalera de acceso a la planta superior Alegoría de la religiosa mortificada. Óleosobre cobre. Siglo XVII. Celda de Sor Celia del Espíritu Santo. Grada conventual. Santa Catalina de Bolonia. Óleo sobre lienzo del Siglo XVIII.

LA URBE DUCAL

Tras habernos aproximado a lo que es la clausura monástica y adentrado en su historia y vínculo con la Casa de Feria, hora es ya de conocer la ciudad en la que se encuentra. Para comprobar cómo el ascenso nobiliario de los Suárez de Figueroa, primero Señores, luego Condes y, por último, Duques de Feria, es afín al desarrollo de Zafra. Si su trazado urbano es medieval, desde finales del siglo XVI se despliega todo un programa de intervenciones arquitectónicas y de encargos artísticos que buscaban convertirla en una villa ducal.

LA FORMACIÓN DE ZAFRA

El poblamiento del área zafrense es muy antiguo, se remonta a la prehistoria, pero su historia urbana comienza cuando Fernando III el Santo conquista la fortaleza musulmana de El Castellar (1241). A comienzos del siglo XV, se trazan las líneas maestras del desarrollo urbanístico de Zafra: su forma almendrada es característica de muchas villas medievales y deriva de la muralla urbana que se construye con la doble misión de proteger y fiscalizar a sus vecinos, artesanos y comerciantes, y viajeros. El núcleo primitivo se hallaba alrededor de la Plaza Chica, surgiendo la Plaza Grande en el siglo XVI. Los Feria favorecerán su progreso industrial y mercantil, apoyado en una incipiente burguesía, como complemento de un entorno agroganadero. Si el comercio y los mercados encontraron su marco en los soportales de las plazas, las ferias ganaderas lo hallaron extramuros, en el campo de Sevilla.

LA VILLA DUCAL

En 1567, los Suárez de Figueroa alcanzaban la dignidad ducal y la Grandeza de España. La concesión supuso un nuevo impulso al progreso de la villa, que se manifiesta en un intenso programa de mecenazgo para conseguir que su imagen fuese fiel reflejo de su alta autoridad y posición social. La actuación conjunta de los Feria para transformar a Zafra en una villa ducal se concreta en actuaciones como la reforma y ampliación del viejo alcázar condal y su unión a la iglesia y convento de Santa Marina, que reedifican al tiempo, para conseguir un conjunto palacial acorde con su nueva dignidad. En la culminación de las obras de la iglesia mayor y en su elevación a colegiata, dotándola con nuevos edificios y obras de arte como correspondía. En la reforma o ampliación de los conventos y hospitales acogidos a su patronazgo, y la dotación de nuevos ornamentos para sus iglesias. No cejan en plantear proyectos educativos, como la fracasada fundación de una Universidad, o económicos que no alcanzan las metas deseadas. Y no faltan programas de representación, aunque esencialmente fueron ceremoniales litúrgicos, ya que no cuajó la institución de una corte ducal dado el continuado absentismo de los titulares empeñados en su carrera política o militar. En definitiva, todo un programa de renovación que sigue las pautas de las intervenciones de la alta nobleza española de la época y el único de estas características que se desarrolla en Extremadura.

LA VILLA CONVENTUAL

Desde su asentamiento en Zafra, los Suárez de Figueroa favorecen el nacimiento de monasterios de las órdenes mendicantes, franciscanos y dominicos, que acogen bajo su patronazgo. Intramuros de la villa se asientan los de monjas: de clarisas de Santa Clara y Santa Marina, de terciarias de La Cruz y de dominicas de Santa Catalina y Regina Coeli. Extramuros se levantan los de frailes: franciscanos de San Benito y San Onofre y dominicos de la Encarnación y Santo Domingo. Solo en el XVIII nace, extramuros, en el barrio de los Mártires, el de monjas carmelitas de Santa Teresa. Mas si todos estos conventos se consolidan, los Feria no conseguirán una de sus metas más preciadas fundar un Colegio de la Compañía de Jesús.

VISITA EL MUSEO

HORARIO

Del 15 de octubre a 14 de junio: Martes a sábado,11:00-14:00 / 17:00-19:00. Domingo, 11:00-14:00

Del 15 de junio a 14 de octubre Martes a domingo, 10:00-14:00. Cerrado todas las tardes de domingo. 
Los lunes (Excepto festivos y puentes nacionales) Visitas guiadas: 12:00.

PRECIO: Entrada gratuita.
INFORMACIÓNTeléfono: 924-551-487. E-mail: info@museozafra.es 

RUTAS URBANAS

RUTA TURÍSTICA POR ATALAYA, VALVERDE DE BURGUILLOS Y VALENCIA DEL VENTOSO

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RUTA DE LA ZAFRA BURGUESA A PIE

Comienzo: Plaza Grande.
Fin: Recinto Ferial.

Recorrido: Zafra, desde antiguo, ha sido un importante centro comercial. En el medievo, sus mercados y ferias fueron muy importantes, tanto por la presencia de una gruesa alhama judía, como por el favor interesado de la Casa de Feria. Mercados y ferias que aún se mantenían pujantes en el siglo XVII, cuando un contingente de comerciantes riojanos se asentaron en la ciudad e hicieron florecer el comercio local durante los siglos siguientes. Nuestra época, y sobre todo tras el carismático 1992 en que la ciudad fue sede de la Feria Internacional Ganadera del Quinto Centenario, ha visto como se renovaba ese tradicional carácter comercial y burgués, que la distinguía de su entorno rural. El mercado local tuvo su asentamiento primigenio en las Plazas Chica y Grande, cuyos soportales acogían los negocios de un incipiente comercio comarcal. En la Chica se celebraban desde 1380 los mercados semanales, por lo que allí estaba la oficina del almotacén funcionario encargado de la revisar los pesos y medidas, y tenía grabada en el fuste de una columna la llamada Vara de Zafra, para que el cliente pudiese comprobar directamente la veracidad de la medida del género adquirido. La Plaza Grande, originalmente, era solar de la antigua iglesia de la Candelaria y de su cementerio; a mediados del siglo XV, el desarrollo mercantil propició la construcción de soportales en los bordes del camposanto, para favorecer las transacciones comerciales. Las plazas son, sin duda, uno de los espacios urbanísticos más originales de la Península, al comunicarse entre sí a través del Arquillo del Pan; bajo el que puede verse el retablillo de la Virgen de la Esperancita, obra de mediados del XVII. Una de las calles más sugerentes es la Calle de Jerez, al fondo de la cual se encuentran restos de la muralla urbana medieval: se trata de la Puerta de Jerez, que permitía el acceso intramuros a los caminantes que provenían del Oeste, y de un trozo de la calle de ronda conocido como Callejita del Clavel. En la fachada extramuros, además, de las imágenes de los santos patronos del gremio de zapateros, puede verse grabado en la cantería un pie castellano, para referencia de medidas. En la planta alta existe una capilla barroca, en la que se venera la imagen procesional del Cristo de la Humildad y Paciencia. Del ensanche, antiguamente conocido como Mercado del Trigo, parte una estrecha calle que nos acerca a las Bodegas Medina, uno de los lugares más atractivos del paseo. Instaladas en una tenería, antigua fábrica de curtido de pieles, ofrece la posibilidad de paladear, entre rancias cubas de roble, los extraordinarios caldos de Matanegra y Tierra de Barros, o contemplar su cuidado Museo Etnográfico. De vuelta, retomamos los restos de la muralla urbana. La visita a la Puerta de Badajoz, que se abría dentro del baluarte del Cubo, nos permite señalar que la muralla de Zafra no se construyó con un objetivo belicista; sino que fue levantada por los Feria, entre 1426 y 1449, con una doble misión: proteger y salvaguardar la producción artesanal y el comercio local de un entorno inseguro, sobre todo en la noche, y controlar fiscalmente a 108 mercaderes y artesanos. La puerta perdió su apariencia y su nombre cuando en el siglo XVII se cegó y se abrió en el lienzo de muralla un nuevo arco más capaz, el llamado Arco del Cubo. Sobre la vieja puerta se mantiene una hornacina con la imagen de Santiago Matamoros. Los comerciantes zafrenses enriquecidos, muchos de ellos transmutados en terratenientes y algunos ennoblecidos en los siglos XVIII y XIX, levantaron sus mansiones intramuros. En la Plazuela del Pilar Redondo, a la que hemos llegado a través de la Ronda de la Maestranza que conserva restos de la muralla, pueden verse la neoclásica Casa-palacio del Conde de la Corte y algunas casas con fachadas modernistas y neoplaterescas. Las calles de la ciudad poseen un abundante repertorio de construcciones suntuosas, propias de la burguesía comercial y de la nobleza de siglos pasados. Pero no se busquen aquí casas-fortaleza; en Zafra, la residencia de las clases enriquecidas es ante todo una casa, con una blanca fachada cuajada de ventanas enrejadas, balcones y algún que otro mirador. En piedra o mármol, solo la portada y el blasón familiar. En la Calle Gobernador puede verse la Casa de Anibal González, trazada por este célebre arquitecto sevillano poco antes de su muerte para la familia Fernández, la fachada clasicista de la Casa de los Mendoza de la Rocha, casi enfrente del Arco de San Antonio y la bella Casa-palacio del Marqués de Solanda, obra neomudéjar de finales de siglo. En la Calle Huelva. puede visitar el Casino de Zafra y el Centro Socio Cultural García de la Huerta, ejemplos de las casas que levantó la oligarquía de finales de siglo XIX, y contemplarse varias fachadas clasicistas del XVII entre las que destaca la del antiguo Cuartel de Milicias (hoy, Centro Recreativo Segedano). Y en la Calle Sevilla, la popular Casa Grande, edificada en 1601 para el acaudalado mercader Hernán López Ramírez: su marmórea portada principal, lo mismo que el patio central y la escalera principal, muestran composiciones clasicistas inspiradas en la arquitectura italiana. La casa fue residencia y cuartel general de Juan José de Austria durante la Guerra de Secesión Portuguesa, y en el siglo XVIII fue habitada por la familia de los Daza Maldonado. La importancia de la ciudad se acrecentó con la institución de ferias en 1395 y 1453. Si en aquellas fechas pudieron celebrarse intramuros, a partir del siglo XVI se celebraban extramuros en el llamado Campo de Sevilla, actual Plaza de España, y frente al Palacio Ducal en la actual Plaza de los Escudos, donde se encontraba el conocido Pilar del Duque, un enorme abrevadero para los ganados, obra gótica del siglo XV, que hoy empequeñecido puede verse junto a la Avenida de Antonio Chacón. Las ferias se celebraban en tres fechas anuales: en febrero, en junio y en octubre; pero será la de San Miguel, la celebrada en el último mes, la que consiga la primacía ferial, tras casi setecientos años de existencia. A ella concurren ganaderos de toda la península, se celebran certámenes y concursos de las diferentes especies y razas ganaderas, y exposiciones de productos industriales relacionados con la agricultura y la ganadería. Hoy convertida, además, en Feria Regional del Campo Extremeño y Feria Internacional Ganadera ha ampliado su oferta a todos los campos de la productividad. Su magnífico y amplio recinto ferial contiene diferentes pabellones expositivos y multiusos y una sucesión de naves capaces de albergar las distintas razas ganaderas que aquí acuden para su exposición y venta, que no dejan impasible al visitante.

RUTA DE LA ZAFRA DUCAL A PIE

Comienzo: Palacio de los Duques de Feria
Fin: Monasterio de Encarnación y Mina.

Recorrido: Un paseo por la villa de los Duques de Feria.

Este paseo le ofrece la posibilidad de conocer Zafra tomando como eje las muestras artísticas que aún recuerdan su carácter de villa ducal y su vinculación con el linaje de los Suárez de Figueroa, el de la Casa ducal de Feria, durante los siglos XV al XVII. El paseo debe iniciarse por el Palacio Ducal, actual Parador de Turismo. El núcleo lo constituye el alcázar medieval, mandado construir por el primer Conde de Feria, Lorenzo II Suárez de Figueroa. Las obras comenzadas en 1437 fueron concluidas en 1443, y dieron como fruto una fábrica en la que se aunaban las funciones defensivas y residenciales. Muy interesantes son las pinturas de la Cámara de la Torre del Homenaje, y el techo holladero del salón principal bajo. En época del segundo conde se completó el edificio con las techumbres mudéjares de la Sala Dorada y de la capilla. En torno a 1600, en tiempos ya del segundo duque, Lorenzo IV Súarez de Figueroa y Córdoba, el vetusto alcázar fue sometido a una profunda remodelación, que fue encomendada a Francisco de Montiel, Maestro Mayor de las obras ducales. Éste procedió a fabricar un patio clasicista de mármol, a elevar dos alas palaciegas con azoteas, a ambos lados de la puerta principal, y otras tantas galerías abiertas a un nuevo jardín, que complementaría a la añosa Huerta Honda como escenario de fiestas y juegos a imitación de la corte. Enseguida, entre los años 1605 y 1609, se construyó un pasadizo que une el palacio con la iglesia conventual de Santa Marina: que se reedifica al tiempo. Las obras corrieron a cargo de maestros alarifes madrileños y de canteros extremeños, que siguieron las directrices de Juana Dormer, la aristócrata inglesa que fue primera duquesa de Feria. Completaba el conjunto un patio de armas (hoy convertido en plaza pública), al que se accedía por la Puerta del Acebuche, que era la entrada principal del palacio en la época. La iglesia de Santa Marina conserva dos magníficas obras de artistas cortesanos madrileños: el retablo mayor y la escultura orante de Margarita Harrington, prima hermana de la duquesa, cuyo legado testamentario sirvió para financiar la fábrica de la iglesia. Los Suárez de Figueroa tuvieron siempre predilección por el cercano Monasterio de Santa María del Valle, conocido popularmente como Convento de Santa Clara, por cuanto su iglesia era considerada como panteón del linaje. Aunque fundado en 1428, la capilla mayor de la iglesia, no fue concluida hasta 1454. En ella se guardan las esculturas funerarias del joven Garcilaso de la Vega y de los primeros condes, Lorenzo II Suárez y María Manuel, obras relacionadas con Egas Cueman. En el retablo mayor, obra barroca de hacia 1670, se venera la imagen de alabastro de la titular del monasterio, obra de la primera mitad del siglo XV. En el lado de la epístola se halla la Capilla funeraria del segundo Duque de Feria, construida hacia 1616.Aledaña, pero abierta a la nave, está la Capilla de las Reliquias, un diminuto espacio que guarda la espléndida colección de relicarios donados por el segundo Duque y su madre en 1603. La clausura, que no puede visitarse, se articula en torno a un claustro del siglo XV, en cuyos muros se conservan algunas pinturas góticas. Fueron importantes las reformas del convento realizadas durante los siglos XVI y XVII, entre las que hay que contar la del coro y su sillería por ser visibles desde la iglesia. Las monjas conservan numerosos objetos de culto, la mayoría procedente de sucesivas donaciones ducales. Hay que destacar el Museo Santa Clara el que merece una exhaustiva visita. Ya en la Plaza Grande, podemos acercarnos al Hospital de Santiago, fundado en 1438 -tras iniciarse las obras del alcázar condal- en la que fuera primera residencia de los Feria en Zafra. Su portada muestra una pródiga decoración propia del gótico de comienzos del siglo XV y, en la hornacina, una pintura barroca que representa la Salutación del Arcángel Gabriel, advocación original del hospital. Dentro puede verse un patio cuadrado de gusto mudéjar y la capilla del establecimiento con una bella bóveda. De vuelta, debemos dirigirnos a la Colegiata de la Candelaria, una iglesia de proporciones catedralicias. Edificada en líneas góticas, como era tradición eclesiástica en el siglo XVI, muestra una sola nave, con capillas entre los contrafuertes y coro alto a los pies, crucero de cortas alas y ábside ochavado. Las obras se iniciaron en 1527, pero se alargaron hasta finales del siglo. En 1609, la iglesia fue erigida en Colegial Insigne gracias a las gestiones del tercer Duque de Feria. que mandó construir poco después una nueva sacristía y la sala del Capítulo.La colegiata es una muestra del poder nobiliario. los escudos de la Casa Ducal se repiten no sólo en los muros exteriores, sino también en la sacristía, donde armonizan con un lienzo de escuela italiana y un bello apostolado barroco, o en el coronamiento del Retablo Mayor de escuela sevillana, fabricado entre 1656 y 1683 por Blas de Escobar y José de Arce. Los otros retablos que guarda la iglesia son todos memoriales funerarios de las familias nobles y burguesas de la ciudad. Destaca el Retablo de la Virgen de los Remedios. que exhibe nueve lienzos pintados por Francisco de Zurbarán en 1644, para el mercader Alonso de Salas Parra. Interesantes son los retablos funerarios de los mercaderes Juan Ramírez el Viejo y Alonso Sánchez el Viejo, o el del canónigo Mateos Moreno, obra de Blas de Escobar. Bajo la torre de la iglesia, se encuentra la Capilla de la Valvanera, cuyo aparatoso retablo barroco del siglo XVIII fue sufragado por los nobles cameranos afincados en Zafra. En la plazuela del Pilar Redondo, a espaldas de la Colegiata, se encuentra la antigua Casa-palacio de García de Toledo y Figueroa, hermano del tercer Conde de Feria, ayo del malogrado príncipe Carlos, hijo de Felipe II. Construida en el primer cuarto del siglo XVI, aún mantiene sus muros maestros, su portada y un magnífico y amplio patio con columnas de mármol. En 1600 fue ocupada por las monjas franciscanas terciarias de la Cruz de Cristo, que la convirtieron en su convento, pero -desde la Desamortización- el edificio es sede del Ayuntamiento de la ciudad. Pasado el lugar donde estuvo la Puerta de Los Santos en la muralla, puede el viajero acercarse a la Enfermería del Convento de San Benito, obra de los siglos XVII y XVIII, al fondo de la calle puede verse la Torre de San Francisco único vestigio del convento fundado por los Feria en el siglo XV. De vuelta, intramuros, por la Calle San José, puede verse el mudéjar Hospital de San Miguel, fundación de la segunda Condesa de Feria en 1480, y el Hospital de San Ildefonso construido en el siglo XVII sobre la casa Ruy López, campeón y tratadista del ajedrez. Al final de la Calle Tetuán, atravesando el Arco del Cubo, abierto en la muralla a finales del seiscientos, se encuentra el Monasterio dominico de La Encarnación y Mina, conocido como Convento del Rosario. Fue fundado en 1511 por María Manuel de Figueroa, Condesa de Medellín hija del segundo conde de Feria. De interés es la iglesia de tres naves, cubiertas con bóvedas semejantes a las de iglesias norteñas del siglo XVI, y la devota imagen del Cristo del Rosario, obra de finales del mismo siglo.

RUTA DE LA ZAFRA MUDÉJAR A PIE

Un paseo por la villa de las tres culturas. Esta propuesta le permite conocer la ciudad tomando como hilo conductor las manifestaciones artísticas mudéjares, en las que perdura la huella de la Zafra medieval, la "Çafra" de las tres culturas, un escenario de tolerancia en el que convivieron -aunque por poco tiempo- musulmanes, judíos y cristianos.

Recorrido: Zafra Musulmana. Del dominio islámico aún restan las ruinas del castillo de El Castellar, una fortaleza que controlaba el valle desde los crestones de la sierra. Fue utilizada como tal hasta el siglo XVI. Su difícil acceso requiere que le dediquemos una mañana o una tarde: las vistas desde el sitio gratificarán el esfuerzo. Pero nuestro paseo intramuros de Zafra lo iniciamos en la Plaza Chica, la que fuera centro de la villa, el lugar donde se encontraba la casa del concejo y se celebraban los mercados semanales: un espacio rectangular bordeado de soportales, excepto en uno de sus lados menores, donde estaba la Audiencia (actual Palacio de Justicia). Tras la reconquista de Zafra a mediados del siglo XIII, los alarifes moriscos ( albañiles musulmanes que permanecieron en la villa tras la ocupación cristiana) conservaron su estética -el arte mudéjar- en la arquitectura, pero ahora al servicio de los vencedores. Su éxito fue tal que las formas mudéjares (visibles en el uso de la cal y del ladrillo, o en el de ciertos elementos constructivos como alfices o arcos entrelazados, techumbres de madera. ..) se mantienen en Zafra durante siglos como una faceta más del gusto constructivo popular. Esas características pueden advertirse en la Plaza Chica, donde las arcadas de ladrillo de los portales, enmarcadas por alfices, aúpan las blancas fachadas de las viviendas de la vecindad: y entre las que destaca una que muestra una ornamentación gótico-mudéjar de arquillos ciegos entrecruzados. Con la Plaza Chica comunica la Calle Boticas, en la que se encuentra la famosa Casa del Ajimez. Se trata de una vivienda familiar del siglo XV, cuya fachada muestra un ajimez, es decir, una bella ventana mudéjar, partida por una columnilla de mármol sobre la que descansan dos arcos angrelados de ladrillo. Así mismo, es muy interesante el esgrafiado que adorna la fachada, uno de los pocos restos de esta técnica decorativa, que debió abundar en la ciudad y que contrasta con esa idea de pueblo blanco que actualmente le caracteriza. Casi enfrente y en las calles adyacentes pueden verse otras viviendas mudéjares, si bien más sencillas.elevadas en el final del medievo.

Zafra Judía. Muy cerca, en la Calle de San José, puede verse la que fue antigua Sinagoga de la villa, tras la expulsión consagrada como iglesia de Santa Catalina de Alejandría, y el siglo XVIII restaurada y dedicada a San José. Su sala de amplias proporciones se articula con arcos con una sencilla labor de lazo a la altura de los capiteles. La portada gótica, con semicolumnas torsas, ha perdido la simbología hebraica que debió ostentar en las enjutas. Todo parece obra de la segunda mitad del siglo XV, poco anterior a la expulsión.
Aledaña a la sinagoga se extendía la Judería que ocupaba, entre otras, las actuales calles de San José, Badajoz, Pozo, Alfonso XII: calles que aún conservan un evocador aire de aljama. La judería zafrense fue importante y numerosa, gracias al amparo de los Condes de Feria, para quienes los industriosos judíos de la villa constituían una importante fuente de tributos. De la tutela señorial a la cultura hebraica es ejemplo el patrocinio (en 1419 y aquí, en Zafra) de la primera traducción al castellano de la Guía de Perplejos de Maimónides, la más antigua de cuantas traducciones se hicieran a lenguas vulgares de esta obra fundamental de la espiritualidad judía. En la judería deben visitarse la diminuta Capilla del Cristo del Pozo, cuyas raíces la tradición popular entronca con la simulación de los conversos, y el Hospital de San Miguel, fundado en 1480 por Constanza Osorio, segunda condesa de Feria. A pesar de su lamentable estado de ruina todavía permite ver su capilla y enfermería mudéjares. En el retablo de dicha capilla estuvo presidido por la famosa tabla del San Miguel Arcángel, obra del Maestro de Zafra que se exhibe como una joya de la pintura hispanoflamenca en el Museo del Prado.

Zafra cristiana. De vuelta a la Plaza Chica, atravesamos el Arquillo de la Esperancita para adentrarnos en la Plaza Grande. Originalmente fue solar de la antigua iglesia de la Candelaria, que ocupaba la parte más ancha del recinto, y por su cementerio. A mediados del siglo XV, el desarrollo mercantil de su entorno propició la construcción de soportales en los bordes del camposanto, para favorecer las transacciones comerciales. Cuando se derriba y traslada la iglesia a su actual ubicación (segunda mitad del siglo XVI), surge como nuevo espacio abierto intramuros. Entre las casas que lo bordean destacan la que fuese casa natal del humanista Pedro de Valencia, de demostrada ascendencia judeoconversa
Junto a las plazas y al final de una calle sin salida, que recuerda los adarves de las poblaciones musulmanas. aunque no es tal, se encuentra el Hospital de Santiago, que fue casa solariega de los Suárez de Figueroa antes de la construcción del Alcázar. Su portada gótica da paso a un patio de marcado carácter mudéjar, en el que la cal blanquea las geométricas líneas arquitectónicas. Aliado se encuentra el Convento de Santa Catalina, cuya iglesia se cubre con unos interesantes artesonados que constituyen hitos artísticos dentro del mudéjar extremeño. En la calle Sevilla puede visitarse el Convento de Santa Clara, que posee una iglesia gótico-mudéjar construida en la primera mitad del siglo XV. Dentro de él se encuentra el magnífico Museo Santa Clara, al que hay que dedicarle con tranquilidad tiempo para poder disfrutar de la visita que ofrecen los guías voluntarios. Nuestro paseo, puede concluir -o hacer estación- en el Palacio de los Duques de Feria. Su parte más antigua, el alcázar condal, si bien en su regularidad concuerda con las construcciones palaciegas góticas del siglo XV, en cuanto a su decoración responde al gusto mudéjar: visible, al exterior, en las molduras paralelas que lo rematan a la altura del adarve y en la merlatura piramidal y, en el interior, en los alfarjes y techumbres de madera que cubren las principales estancias.

RUTAS DE SENDERISMO

EL CAMINO DE LOS NARANJOS

Esta ruta tiene aproximadamente unos 10 km y una dificultad media.

Marcha por intrigados parajes que, transcurriendo entre olivos y pastos, nos ofrece sugerentes vistas y paisajes.
Comenzamos nuestra ruta en la Oficina de Turismo situada en la Plaza de España no8D, desde allí nos encaminamos hacia la derecha, donde nos encontramos con la C/ Sevilla. Al fondo de la misma está situada la Plaza Grande (porticada del s. XVI), la atravesaremos y tomamos la C/ Tetuán. Casi al principio nos encontramos con nuestra iglesia principal "Nuestra Señora de la Cancelaría".
Sin abandonar esta calle y de frente llegaremos hasta una de las puertas de la muralla "La Puerta de Badajoz" s XV o "Arco del Cubo", como se la conoce popularmente s XVII.
Continuaremos de frente, en dirección a la puerta principal del cementerio, dejando a nuestra derecha el centro de Enseñanza Secundaria "Suárez de Figueroa".
Una vez en la puerta podremos observar un panel con toda la información del camino.
Siguiendo hacia la izquierda, por el muro del cementerio, llegamos hasta su puerta principal donde arranca el camino encauzado por paredes de piedra. El sendero trascurre entre fincas de cultivo, al final de este tramo encontramos los eucaliptos y el antiguo cortijo de la Finca Porrino. Una vez pasado el cortijo y después de caminar unos 200m; nos encontramos a nuestra izquierda, una portada del siglo XIX. Este tramo del sendero discurre entre zarzas, olivos, alguna higuera, además de algún junco, y desemboca en un cruce con el camino de los moledores. Tomamos el sendero de nuestra izquierda, porque a la derecha el camino conduce a una zona urbanizada junto a la carretera de Badajoz, que puede ser una opción a pesar de mal estado. A escasos 50m el camino se bifurca de nuevo y debemos tomar el nuevo camino a la derecha puesto que el camino original hacia la izquierda está destruido. El camino desciende levemente hasta llegar a un cruce con la pista del Playón y desde aquí podemos admirar una pequeña sierra y un antiguo chozo de pastores, denominado el Chozo del Perro. Continuando a nuestra izquierda y tras caminar unos 200 m, debemos tomar el camino de la derecha; donde el camino aparece nuevamente flanqueado por paredes de piedra y una explotación porcina. Una vez pasada la explotación porcina tomaremos el camino de la derecha y a unos 25m. a nuestra izquierda y pasando un tentadero de novillos, seguimos el camino hasta llegar a la carretera de Badajoz-302 que debemos cruzar. Tomaremos la vieja carretera hasta encontrar el primer camino de la derecha que discurre flanqueado por paredes de piedra y pequeñas y pequeñas casas de recreo. El camino inicia una leve ascensión hasta llegar a la unión con el camino de Bajondo, que aparece a nuestra derecha pero que no tiene salida. Nuestro camino continua de frente, y a uno 100m. Mas adelante topamos con otro tramo del camino Bajondo a nuestra izquierda que es una opción para volver a la carretera de Ba -302 a una distancia aproximada de unos 800 m. Continuaremos el camino hasta llegar a una curva en forma de zeta corta y muy marcada, que nos deja delante de la nueva carretera de circunvalación. Cruzaremos la carretera para ver la casa del Buen Suceso, también conocida como el Palomar. Un pequeño esfuerzo más y tras cruzar un pequeño cruce de agua, comenzaremos a caminar las primeras huertas y casas de la calle Cestería. Desde esta llegamos a la Avenida del Rosario en mitad de ésta se encuentra la "Puerta de Jerez" s XV pasando por la misma llagaremos a la "Plaza Chica" porticada del s XV donde concluye nuestra visita.

RUTAS DE CASTILLOS Y CASA FUERTE

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RUTA CIRCULAR PLAZA DE TOROS Y GASTRONOMÍA

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FIESTAS

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CHOZOS MOLINOS Y NORIAS

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CASTILLOS, IGLESIAS Y RUINAS

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TURISMO ORNITOLÓGICO POR EL SUR DE LA PROVINCIA DE BADAJOZ

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SEMANA SANTA

Desde Turismo de Zafra queremos aportar una visión más cercana sobre como se puede vivir la Semana Santa de Zafra. Semana Santa es un momento especial.

La llegada de la primavera, el buen tiempo, las vacaciones y la alegría a la cercanía de la primera fiesta importante del año hace que este momento se viva de una manera especial.

Hay tantas Semanas Santas como ciudades que las celebran. Con sus particularidades, con sus momentos...

Cada persona tiene sus razones y sus inquietudes y su forma de disfrutarla. Unos la viven desde el más profundo sentir religioso, otros la viven desde la admiración del arte en las calles y otros desde el disfrute del tiempo libre y el descanso.

Pero desde Turismo de Zafra queremos que viváis con nosotros una Semana Santa especial.

Sumergirte en el ambiente a través de sus olores, de sus colores, de sus sonidos...

Esto es lo que vamos a ofrecer en nuestra SEMANA SANTA ZAFRENSE.

Con este programa que elaboramos desde turismo, queremos llegar a cada uno de ellos, ofreciendo un extenso listado de actividades que nos hagan disfrutar de una Semana Santa especial e inolvidable.

DULCES TÍPICOS

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GASTRONOMÍA

Aparte de los tradicionales platos bajoextremeños que se elaboran en las cocinas de la ciudad, cabe destacar la caldereta de cordero y de cerdo, el rabo de toro, la chanfaina ( variedad de olla castellana, cuya base son las asaduras del cordero ).
Los exquisitos vinos de la Comarca que entre otras, utilizan las variedades de uva: Tempranillo, Garnacha, Cabernet Sauvignon..
Las migas , el Retinto ( variedad de vaca cárnica, aderezada con diferentes salsas) y las variantes culinarias de los productos del cerdo ibérico, jamón, lomo, lomito, salchichón y otras partes cercanas al lomo del cerdo, como son el secreto, la pluma o presa de entraña.

No debemos olvidar los magníficos dulces del Convento de Santa Clara, como son entre otros, los corazones de almendra o los cubiletes reales.

La gastronomía es un recurso turístico importante, de hecho numerosos eventos se celebran entorno a ella.

Enumerados cronológicamente tenemos los siguientes:

Festival de la Tapa. 1ª Semana de Febrero

Bacanal de la Grasa: Romería urbana que tiene lugar en el centro de la ciudad, donde se degustan los típicos productos extremeños. Se celebra el domingo de carnaval, siendo éste un día de especial convivencia para todos los ciudadanos de Zafra.

Las Migas de Carnaval. El lunes de carnaval se elaboran más de 500 kg de
migas para todo aquel que desee degustarlas. Esta celebración está dentro del libro Guinnes de los Record

Domingo de Quasimodo: Romería de la Virgen de Belén, Siguiente domingo al de Resurrección, se celebran además, el tradicional concurso de Calderetas.

La Garbanzá: 15 de mayo, coincidiendo esta celebración con la Romería de San Isidro. En la pradera de la Ermita de Belén se elabora un gran potaje de garbanzos que se ofrece gratuitamente a todos los asistentes. Además durante este día tienen lugar diferentes concursos: de tortillas de patatas, de gazpacho, etc.

Jornadas Gastronómicas del Siglo de Oro: Se celebran durante las fiestas " De la Luna al Fuego" , momento en el que el casco antiguo de la ciudad se engalana al más puro estilo de la época y en los múltiples restaurantes de Zafra se ofrecen platos elaborados con recetas de este momento de esplendor para la ciudad de Zafra.

AGRADECIMIENTO

Agradecemos a la Oficina de Turismo su colaboración con este reportaje, en especial, a la Jefa de Servicio del Área de Turismo, María Soledad Lozano.

GRACIAS.

DIRECCIÓN: Plaza de España, 8
Contacto: 924-551-036, turismozafra@gmail.com

Horario Oficina de Turismo: De Lunes a Viernes de 10 a 14h y de 17:30 a 19:30h. Sábados, Domingos y Festivos de 10 a 14h.